Desde ese bosque en sombra que es la mente del hombre, busca el artista siempre un claro de luz en la espesura, No siempre encuentra esa zona propicia donde un rayo de sol filtrado a través de la tela de araña, una rama próxima dorada por noviembre, o el esplendor de la yerba y los musgos, le ofrecen, confortado y absorto, la maravilla múltiple de la Naturaleza.
Siempre no encuentra ese hombre alucinado que llamamos poeta, obrero de las formas y los ritmos, competidor de las aves y las mariposas en su afán de robarle color al arco iris, Ese encuentro no es fácil, pues hay que ser geólogo, botánico y zoólogo, además de juglar y caminante de todos los caminos y estaciones posibles, para poder sentir un día (al final de la jornada o del fugaz instante de la vida), que, acaso, se ha llegado a entrever el silencio, o la voz resonante del oráculo. Fácil no es nunca, nunca, entrever ese canto transparente, irrepetible siempre, como cada existencia, que nos acerca a todos, desde ese encuentro solitario y cristalino -frágil, pues es tan sólo un eco del espíritu-, que es huracán o brisa transfigurados en imagen, vértices, redondeces de fruto o roca, llanto seguido sin muro que lo acoja y repita, o grito de alborozo ante la plenitud de las formas que el mundo -¿Dios?- nos ofrece.
Fácil no es, ya sabes, hallar algo en la búsqueda continua, alucinada y lúcida a un tiempo, de esos espacios dormidos y ensoñados, donde quizás habrá, además de benévolos espejos, manos que nos acojan con ofertas de vino y pan reciente; un lugar junto al fuego, sí es Invierno, o un rincón placentero, de frescor, en Verano.
(Desde ese espacio vegetal y próximo; cordial, aunque incitante a la meditadora diligencia que nos lleva al diálogo donde los hombres nos reconocemos a través de los otros, nos habla, en su pintura, su creación proseguida sin rupturas, coherente hasta la más exacta elaboración onírica, Jerónimo Salinero, artista buceador en la sombra, auriga de corceles desbocados, olifante de espumas, domador de sirenas, espectador, desde el acantilado donde la Hidra acecha al caminante, para dejar constancia de este inquietante mundo que habitamos; hermoso, aunque cruel, a veces tierno, lírico, que, como sus personajes desvalidos, prepotentes, grotescos o entrañables, alguna vez, malvados, nos acerca, con el don de cántico que es raro privilegio de quien, buscando, encuentra caracolas y flores, vestigios de otro tiempo, ecos del más allá…, a ese bosque sombrío que es la mente del hombre).
Manuel Conde
