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La pintura existencial de Salinero
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La obra de Jerónimo Salinero capta poderosamente al espectador desde el primer instante. Pintura sin artificio, de lenguaje rico y sobrio, de riqueza pictórica singular. Pintura visceral de contenido sobrecogedor, irónica, verdadera; en la que abundan los signos de la destrucción y del deseo, de la vida y de la muerte, con la caricatura de extraños seres disueltos por el sueño y la razón. Sin ser totalmente expresionista, en esta pintura, hay expresionismo bárbaro-realista y lírico-constructivista.
Recrea una naturaleza de formas flotantes, difusamente concebidas, a veces sólo esbozadas como el feto en la matriz, entre gruesos trazos de dibujo y con juegos caligráficos en los fondos; todo inmerso en unos colores delicuescentes, desvaídos, armoniosamente ensamblados y lacados. El cuidado tradicional de las texturas, las pátinas, las transparencias, las capas superpuestas, las degradaciones, todo ello, se integra de manera viva en la ordenación del cuadro. Pintura de geografía misteriosa, de realidades escondidas, de complejo barroquismo, con figuras, de contornos osados y sinuosos. Su lenguaje muy distinto del surrealista, es cercano a él en su intención, con un extraño ensamblaje de lo informal y la materia que ahonda en el recuerdo del más allá. |
Salinero aprovecha la composición caógena del informalismo, abandonando, en general, la métrica euclidiana e introduce relaciones deformantes interfigurales e intrafigurales, con evidente ambigüedad icónica de sus signos. Utiliza la distorsión expresiva para darnos su versión de las cosas y de los seres, acentuando sus valores dramáticos.
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