La pintura existencial de Salinero

 

La obra de Jerónimo Salinero capta poderosamente al espectador desde el primer instante. Pintura sin artificio, de lenguaje rico y sobrio, de riqueza pictórica singular. Pintura visceral de contenido sobrecogedor, irónica, verdadera; en la que abundan los signos de la destrucción y del deseo, de la vida y de la muerte, con la caricatura de extraños seres disueltos por el sueño y la razón. Sin ser totalmente expresionista, en esta pintura, hay expresionismo bárbaro-realista y lírico-constructivista.

Recrea una naturaleza de formas flotantes, difusamente concebidas, a veces sólo esbozadas como el feto en la matriz, entre gruesos trazos de dibujo y con juegos caligráficos en los fondos; todo inmerso en unos colores delicuescentes, desvaídos, armoniosamente ensamblados y lacados. El cuidado tradicional de las texturas, las pátinas, las transparencias, las capas superpuestas, las degradaciones, todo ello, se integra de manera viva en la ordenación del cuadro. Pintura de geografía misteriosa, de realidades escondidas, de complejo barroquismo, con figuras, de contornos osados y sinuosos. Su lenguaje muy distinto del surrealista, es cercano a él en su intención, con un extraño ensamblaje de lo informal y la materia que ahonda en el recuerdo del más allá.

Salinero se inserta dentro de la pintura neofigurativa con diferentes grados de iconicidad o semioticidad. Intenta configurar el entorno social de¡ hombre sin renunciar a los hallazgos plásticos aportados por el informalismo. Como Francis Bacon, al que admira, sus formas topológicamente deformadas discurren con contenidos significativos de terror, violencia, aislamiento y angustia, en una pintura opresiva, en la que las figuras, a veces, engendran el espacio

Salinero aprovecha la composición caógena del informalismo, abandonando, en general, la métrica euclidiana e introduce relaciones deformantes interfigurales e intrafigurales, con evidente ambigüedad icónica de sus signos. Utiliza la distorsión expresiva para darnos su versión de las cosas y de los seres, acentuando sus valores dramáticos.

Es pintura con paradojas, oposiciones y contrastes, que frente a estímulos de rechazo o repulsión, ofrece cantos de sirena y espejismos de malsano sortilegio, con irrespetuoso desenfado y agresiva reciedumbre. Salinero inventa un mundo a veces angélico y otras un tanto demoníaco, pero siempre lírico, evasivo y confortable. Arte que no invoca ni belleza ni fealdad, pero que nos retiene por su hechizo y que refleja la soledad del hombre entre la destrucción y el amor, con formas que son como el recuerdo; el acuerdo de una imagen ya soñada.

El mundo de Salinero está formado por una mente insubordinable que recoge, asimila y devuelve sus visiones como un detritus al que ha infundido fuerza y vida propias, pero sus imágenes, ferozmente caricaturescas, se templan con una brisa de piedad, de mágica tristeza. Esta pintura es la encarnación de un espíritu que ve en lo trágico la belleza cotidiana, pintura de imaginación a la vez profusamente crítica y sugestivamente poética.



Alejandro MORA PIRIS