Hay gente que pinta. Hay gente que canta. Hay gente que bebe vino como quien oficia un misterio y gente que hace de la amistad un rito. Muy pocos hacen de todo esto una actitud ante la vida. Muy pocos. Jerónimo Salinero es uno de ellos.
Jerónimo vive. Y sobre todo hace de la amistad, la pintura y la vida una forma de expresión. Una forma de estar.
Así que Jerónimo Salinero es más que un pintor. Es un hombre que en sus cuadros vierte una forma de vivir, borbotones de amistad y poesía. Y mientras otros pintores dedican su vida a dar vueltas sobre una misma idea, Salinero rompe las esquinas de la pintura, desborda su corazón con los pinceles y empieza, cada mañana, un cuadro distinto, un poema diferente, una vida abierta a cada amanecer, a cada noche, a cada minuto en paz consigo mismo.
Por las pinturas de Salinero corre toda la vitalidad continua y nueva de un hombre que nunca ha querido renunciar a sus raíces. De un hombre que se ha resistido a dentelladas a perder el sentido de la amistad más limpio y más profundo. Que ha atrapado la poesía entre los cuatro lados del bastidor.
Por eso va por la vida regalando cosas. Cuadros, palabras, canciones, (¡Ay esa voz deshecha como un brochazo sobre el lienzo!). Regala todo. Todo le sobra. Y sólo los que tienen la elegancia de jamás exigir nada pueden, como él, ofrecer en sus pinturas una fuerza interior dificilmente clasificable, imposible de reducir a cualquiera de los ismos que cada vez con más frecuencia nos ahogan.
En los cuadros de Salinero hay vida. Fuerza arrolladora. Ternura, piel caliente. De lo demás, pasa. Pasa de halagos fáciles y de fácil palabrería. Porque Jerónimo Salinero tiene en sus pinceles el principio de la amistad la cultura de la palabra, el color de un cante de madrugada, el estremecimiento del poema descubierto en cualquier taberna de barrio.
Pues en eso andamos. Yo prefiero esa pintura viva de Salinero a todo el preciosismo pomposo de lo que algunos llaman hoy arte. Porque. en esta pintura observo, cada día, un trozo de corazón, una palabra, un verso que nos salva. 0 sólo, y nada menos, que la mano amiga y el alma de Salinero.
RODOLFO SERRANO