En el amplio panorama de la pintura actual española hay un nombre que crece a pasos agigantados: Jerónimo Salinero. Desde que irrumpió hace años en el mundo del Arte, con
su llegada a Madrid, con su establecimiento en la corte, -Villa y Corte, del Arte y la Cultura- el hombre se contagió irremediablemente de lo que Madrid significa para una artista. Lección permanente de buen hacer, constancia en la trayectoria, insistente lucha por los objetivos. En este mar fervoroso del Arte, donde tantos quiebran, donde tantos desaparecen procelosamente, el artista que hoy nos ocupa, despaciosamente y con ahinco, ha ido afianzándose en su arte, en su creatividad.
Madrid es sin duda escaparate universal de las Bellas Artes y muy especialmente de las Artes Plásticas. Es lugar obligatorio de peregrinación y permanencia. Es lección constante de inquietudes artísticas. En este mercado libre del buen hacer, de lectura generosa y aprendizaje obligatorio, Jerónimo Salinero ha ido haciéndose transparente, comunicativo, sensible. Y desde aquí, desde donde vive y donde radica, envía a todos los lugares el mensaje espiritual de su arte. Un arte, el suyo, personal e intransferible. Purificado en los crisoles de sus sentimientos. Imbuido de toda una teoría de la creatividad aprendida en la lección permanente de los museos y en contacto con el mundo que le rodea.
En esta cambiante época de inseguridades, materiales y espirituales, la llama peremne de Jerónimo Salinero permanece viva, brillante y eficaz. ¡Cómo nos anima y alegra ver las transparente figuras, insinuadas, fetales, no natas! Es un mundo, el suyo, de auténtico creador, de dador de vida, de clara factura formal. Cuando trata los elementos plásticos los lleva al terreno de lo imaginativo sin destruir su belleza formal. Y lo mismo que cuando trata la figura idealiza lo formal y humaniza lo ideal. |
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El artista Jerónimo Salinero envuelve todo su quehacer en una neblina poética; dulcifica, amaestra los colores, para que hablen un idioma nuevo, el suyo, golosamente espiritual, ductil y penetrante que ¡manta al espectador, lo atrae y lo retiene. Nadie que haya gozado de la belleza escrita en el lienzo, en el cartón, en el papel, por la sabia mano de Jerónimo Salinero, se le ha vuelto de espaldas insolentemente. Todos, cada uno, toma partido, se comunica, dialoga con el arte, primero, y sueña, lejos del cuadro, incipientes y nostálgicos mundos recreados. Todo ello brota de la mano maestra de un artista que domina el oficio y lo olvida para dejar paso a la creación, a la comunicación, a la belleza interpretativa y creadora de lenguajes nuevos y eternos, donde el sentimiento dice la primera y última palabra.
Creo, a veces, que más que hablar de la pintura de Jerónimo Salinero debemos hablar de la poética pictórica del artista, que nos la ofrece a raudales, a borbotones, con tal sabiduría que al final termina atándonos a su tormento místico, espiritual.
La generosa creación de Jerónimo Salinero -como diría el malogrado Manolo Conde nos trae vestigios de otros tiempos, ecos del más allá... y nos introduce en ese bosque sombrío que es la mente del hombre.
Sebastián Sosa Alamo
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte
Del Centro de Estudios "Archipiélago Canario"
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